La propiedad y el uso

Dallas- El derecho a la propiedad debe ser considerado como un derecho fundamental de la persona. Idea que defendía ya hace casi diez años, Mary Robinson, ex-alta comisionada de Naciones Unidas para los derechos humanos. Robinson explicaba que los derechos de propiedad están íntimamente ligados a otros derechos humanos, fundamentales para el desarrollo de la persona y de las comunidades.
Más de la mitad de la población mundial vive en países carentes de leyes eficaces que protejan las viviendas y otras posesiones de las personas. Así, miles de millones de personas no sólo viven sumidas en la más absoluta pobreza, también conviven con el miedo a ser desahuciados y expulsados de sus tierras y de sus casas. Al carecer de escrituras de propiedad de sus chabolas o sus campos son vulnerables a cualquier atropello de personas o empresas poderosas.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 17, dice que “toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente”. Sin embargo, este artículo se vulnera constantemente. Las mujeres son las que se llevan la peor parte. El Programa de la ONU para los Asentamientos Humanos, Habitat, advertía de que uno de cada cuatro países en vías de desarrollo tiene leyes que impiden a las mujeres poseer tierras o firmar hipotecas con su nombre. En Africa, como denunciaba Mary Robinson, existen leyes que prohíben que las mujeres puedan heredar tierras, que ayudarían a su subsistencia y a la de su familia.
Aunque el derecho a la propiedad sea uno de los conceptos más arraigados dentro de la sociedad europea y occidental, no es menos cierto que la “propiedad” es un valor ajeno a muchos pueblos indígenas y aborígenes de Africa y América. En estas comunidades, el hombre no es dueño de la Tierra, es una criatura más que habita en el planeta. No tienen ningún derecho más que el resto de los seres que la habitan. Es una idea de enorme respeto al entorno entendido como una gran casa donde todos tienen cabida y que a todos protege y cuida. Por eso, no se trata de tener más sino de utilizar aquello que se necesita para vivir de manera digna. En estos pueblos antiguos, la cosecha, el ganado, la recolección… se hacía en comunidad y se repartía según las necesidades de cada familia. Lo comunitario estaba por encima del beneficio del individuo.
Los indios y los aborígenes siempre molestaron al individualismo Occidental. De ahí que pueblos enteros hayan sido exterminados o relegados a pequeñas extensiones de tierra en zonas de la selva de Brasil o de Africa.
Uno de los extremos más dramáticos del derecho a la propiedad es el que se refiere a las patentes. Hoy se da la paradoja, por ejemplo, de que los indígenas no pueden utilizar determinadas plantas para “su” medicina tradicional, utilizada desde tiempos inmemoriales, porque alguna gran empresa farmacéutica ha patentado el principio activo de esa planta para elaborar medicamentos, que se venderán a precio de oro.
“La tierra para quien la trabaje” ha sido una reclamación universal de los pobres y desheredados de la Tierra. Sin embargo, los poderosos han impuesto su ley del “cuanto más, mejor”. Más éxito, más poder, más dinero, más coches… pero, menos humanidad, menos Naturaleza, menos compartir.
El gran pensador, Raimon Panikkar, defendía que los derechos humanos no eran universales. Hay muchas formas de entender el mundo, la relación entre los hombres y de éstos con la Naturaleza. La manera de Occidente es una de ellas, pero no la única.
Las palabras atribuidas al Jefe Seattle, o al menos muy cercanas a su corazón, están hoy más vigentes que nunca “¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? (…) Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos?”.
Ana Muñoz Alvarez es periodista.

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